Life & Storytelling

A las 9:07, Candela atraviesa las puertas de la clínica con un nerviosismo exultante. En menos de una hora cruzará el umbral de nuevo pero con unos cuantos ovocitos menos que, si hay suerte, pasarán al congelador hasta que decida ser madre.

Pese al miedo a la inminente sedación y los moratones en la tripa que aún le recuerdan todas las hormonas que se ha pinchado en los últimos diez días, está contenta. Y sobre todo, aliviada. Porque al fin cuenta con un comodín extra que, algún día, le permitirá hacer realidad su sueño de ser madre.

El reloj biológico no perdona y, a la falta de pareja pasados los treinta y cinco, Candela suma un diagnóstico demoledor descubierto en los análisis previos al tratamiento: baja reserva ovárica. «Pero si mi único problema, por el que vine aquí, es porque no tengo pareja pero algún día quiero ser madre», fue lo primero que soltó Candela, aún con cara de estupor, cuando el médico le confirmó que su hormona antimülleriana estaba bajo mínimos. Después, ya en casa, comenzó a investigar qué había detrás de ese trinomio de palabras tan desconocido como determinante para su fertilidad.   

Tras leer la teoría en Wikipedia y ver decenas de blogs en los que chicas contaban su caso en primera persona, pasó del estupor al cabreo. Porque entonces descubrió algo que a su profesora de primaria incomprensiblemente se le olvidó explicar cuando trataban el tema de la reproducción humana: antes incluso de nacer, cada mujer cuenta ya con todos los ovocitos que tendrá a lo largo de su vida. Y ese número finito de huevecitos, que en cada uno de sus ciclos serán desechados o aprovechados en forma de embarazo, es diferente en cada mujer. A partir de los treinta y cinco años la reserva de todas las mujeres empieza a caer inexorablemente, pero la que parte de un mayor número lógicamente se ve menos afectada en términos de fertilidad.

Aun así, lo peor de todo es que esa reserva se puede medir en cualquier momento con un simple análisis de sangre que muestre el nivel de la famosa hormona antimülleriana. Haciendo honor a su nombre, Candela comenzaba a encenderse de pura indignación. O sea, que un país que tiene claros problemas de natalidad, ¿no está haciendo absolutamente nada por controlar las reservas ováricas de sus cada vez más escasas mujeres fértiles? 

«Y no te digo ya que se invierta en hacer análisis a todas las chicas en edad fértil, pero por lo menos, algún dinero se podría haber invertido desde el Ministerio de Sanidad en hacer una campaña de sensibilización al respecto», comenta Candela con la amiga que le ha acompañado a la clínica de fertilidad para pasar por el trago de la punción ovárica que le arrebatará de golpe unos cuantos de sus ovocitos remanentes. Sin ir más lejos, a ella misma le habría venido muy bien tener esa información antes. Antes de cumplir los treinta y cinco años, se entiende, que es la fecha límite a partir de la cual tanto la cantidad como la calidad empieza a menguar.

Es cierto que el problema inicial era el hecho de que no tiene pareja pero quiere ser madre, aunque no sabe cuándo. Pero esa situación era exactamente igual unos cuantos años antes y, si alguien le hubiera informado de que su capacidad fértil estaba reduciéndose, es bastante probable que hubiese decidido someterse al tratamiento antes para salvar unos cuantos ovocitos de calidad para el futuro.

«Parece que simplemente por ser mujer, una da por hecho que solo podrá tener problemas de fertilidad si espera hasta los cuarenta años para quedarse embarazada, cuando ya se le ha pasado el arroz. Pero lo cierto es que esperamos in extremis y totalmente a ciegas, ya que a nadie se le realiza una revisión y puesta a punto antes de ponerse a ello, sino sólo (y con suerte) cuando quiere pero no puede«.

Veinte minutos después, Candela va hacia el quirófano por su propio pie, contemplando a los bebés que le sonríen desde la pared. Fija su atención en una recién nacida con un lazo rosa en la cabeza que duerme acurrucada sobre una superficie esponjosa que le recuerda a un algodón de azúcar de los de la feria. Esa cálida imagen, que contrasta con la frialdad del quirófano, consigue transmitirle ternura y seguridad, pero mientras le hace efecto la sedación, Candela no puede evitar pensar que ese cuerpecito minúsculo esconde nada más y nada menos que un millón de ovocitos aproximadamente.

Y tic-tac, cada día que pasa se van perdiendo. 

 

Comments (2):

  1. Loly

    30/05/2017 el 13:37

    Muy bueno,aportas mucha información y eso es necesario.Sigue escribiendo

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  2. Mati Gomez Paez

    02/06/2017 el 02:32

    Que bonito y muy interesante la historia!

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